“Recuerdos” de Rabindranath Tagore

Artículo por Beatriz Ledesma publicado en la revista Manuscrt.Cao.

Desde que Zenobia Camprubí y Juan Ramón Jiménez se conocieron, en el verano de 1913, Rabindranath Tagore se convirtió indiscutiblemente en el vehículo de la relación entre ambos y en el testigo pertinente de su historia de amor. El poeta de Moguer no necesitó más excusas que la petición de Francisco Acebal de una obra para la biblioteca para niños que pensaba publicar, para apresurarse a escribirle a la «americanita»:

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Las Cartas de Zenobia a Tagore

Artículo publicado en la revista Manuscrt.Cao.

Por Beatriz Ledesma.

Zenobia Camprubí de Jiménez no vio cumplido su sueño de conocer personalmente a ese otro Nobel, mentor y referente en su vida, que fue Rabindranath Tagore. Justamente este año, en que se cumple el 150 aniversario del nacimiento del poeta hindú, volvemos la vista sobre su sobresaliente trayectoria y de manera especial sobre la conmovedora correspondencia que la traductora oficial de su obra en lengua castellana mantuvo con el autor bengalí.

http://www.edobne.com/manuscrtcao/cartas-zenobia-tagore/

Rabindranath Tagore, un poeta universal en el mundo hispánico

Rabindranath Tagore,  Zenobia Camprubí y de Victoria Ocampo en el mundo hispánico.

Por Beatriz Ledesma.

Tenía razón Tomás Sarramía al concluir su ensayo Rabindranath Tagore y España diciendo que “una vez más se reafirma la opinión de Mahatma Gandhi cuando expresó –al cumplirse los 70 años del escritor- que Tagore «por su genio poético y vida de singular fuerza, elevó la India a la estimación del mundo» del que España no ha sido una excepción.”

Y esta estima ha perdurado hasta hoy día, tal y como expresa con acierto Emilio Gascó Contell en su Prólogo a las Conferencias y Ensayos de Tagore:

(…) Este amor y esta admiración españoles por Rabindranath Tagore no han sufrido eclipses. (…) Rabindranath Tagore es, pues, también un poeta nuestro, incorporado a nuestra propia sensibilidad; un poderoso educador cuyas esencias intelectuales no sólo no desvirtúan las esencias cristianas de nuestra educación, sino que las extienden hasta aquellas áreas sentimentales –tan franciscanas y tan cristianas- donde el animal, el árbol, la flor e incluso las piedras presentan sus elementos filiales en la Obra de la Creación (…)

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No nos cabe duda de que “este amor y esta admiración españoles” por Tagore a que se refiere Gascó se deben, al menos en parte, a la admirable labor de Zenobia Camprubí y de Victoria Ocampo. Camprubí y Ocampo fueron, indiscutiblemente, las difusoras más incansables de la obra de Tagore en el mundo hispánico y esencialmente a ellas debemos la incorporación del poeta bengalí a nuestro mundo.

Tanto es así, que este hecho quizás haya eclipsado parcialmente el resto de su ingente tarea traductora, así como su propia labor literaria -que no fue baladí- y su verdadera dimensión como mujeres de letras. Si bien es verdad, qué duda cabe, que su asociación con Tagore ha contribuido al tiempo a ensalzarlas como promotoras y difusoras de la cultura y la lengua hispanas.

Aunque en lo que respecta a su relación con Tagore ambas son consideradas en términos generales las dos principales promotoras de la labor literaria de Tagore y de la difusión de la figura del poeta hindú en el mundo hispánico, Zenobia ha pasado a la historia como su traductora mientras que Victoria lo ha hecho esencialmente como su musa. Esto no es sin embargo, a nuestro modo de ver, estrictamente verdad. Cierto es que Zenobia fue la principal traductora de la obra de Tagore al español y no menos cierto es que Vijaya, como la llamaba el poeta, inspiró muchos de sus versos, pero su labor ni mucho menos acabó ahí sino que más bien empezó.

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En el caso de Zenobia, una de las mayores pruebas de la relevancia de su labor como traductora fue que el vate bengalí le cediera en exclusiva sus derechos para que tradujera sus obras al castellano, que la española vertió en una treintena de libros. Pero su condición de emisaria de la obra de Tagore en lengua hispana trasciende la labor de traducción, abarcando también la de edición y publicación.

Asimismo Zenobia seleccionó, glosó y enriqueció aún más si cabe la obra del gran poeta bengalí al asociarla a la de uno de los poetas más eminentes en lengua española, el Premio Nobel Juan Ramón Jiménez, puesto que no hay que olvidar que fue ella quien sembró en su marido el interés y la querencia por la obra de Tagore.

Por si esto fuera poco, Zenobia se dedicó también a adaptar y poner en escena las obras del maestro bengalí que se representaron en España como fue el caso de El cartero del Rey, estrenada en Madrid el 6 de abril de 1920, o El Rey y la Reina, que se estrenó un año después.

Por su parte, Victoria Ocampo se dedicó tenaz e incansablemente a divulgar y promover en el mundo hispánico la cultura, el pensamiento y la literatura hindú en general y la de Gurudev en particular, a través de su célebre revista SUR y de su editorial homónima así como a través de periódicos de gran difusión. Pero Victoria también se entregó a la traducción para promocionar la obra del poeta bengalí y para honrar su memoria.

Ocampo publicó, seleccionó, glosó y tradujo infinidad de textos y poemas de Tagore, bien fuera para su publicación en SUR o para su lectura en actos públicos. Citaremos aquí tan sólo un par de ejemplos a modo de recordatorio, como el número 270 de la edición de SUR dedicado al centenario de Rabindranath Tagore en el que Victoria no sólo colaboró en la Cronología sino que además seleccionó y tradujo el ensayo de Tagore intitulado Sobre la escuela del poeta, además de traducir también su cuento El amaestramiento del loro. 

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Asimismo conviene recordar El libro de los cumpleaños, de Tagore, que Victoria no sólo prologó, seleccionó y tradujo, sino que además publicó a través de la editorial que ella misma había fundado casi 30 años antes. Por último, no debemos olvidar resaltar el papel de Victoria Ocampo como descubridora de la pintura de Tagore y promotora de esta faceta del artista. De hecho, la organización de la primera exposición de la obra de Tagore, cuya inauguración tuvo lugar el 2 de mayo de 1930 en la Galería Pigalle de París, corrió a cargo de la escritora argentina.

Zenobia Camprubí y Victoria Ocampo fueron pues el principal eslabón hispánico a través del cual Rabindranath Tagore pudo acercar Oriente a Occidente estableciendo comunicación poética entre ambos. Quizás no fuera casual, aunque sí resultara excepcional, que las principales valedoras de Tagore en el mundo hispánico fueran precisamente dos mujeres.

El mensaje de Tagore, que Zenobia y Victoria se afanaron por hacernos llegar, se nos hace hoy más necesario que nunca. Y lo que es más, estas mensajeras de excepción no se limitaron a transmitirnos la palabra de Tagore, que de por sí hubiera sido tarea digna de elogio, sino que la engrandecieron aún más si cabe, impregnándola de su propia personalidad, de un temperamento singular, y de un talento tan extraordinario como lo fueron sus dueñas.

La mujer retratada en Yerma, de Federico García Lorca

Análisis sobre el papel de la mujer en Yerma de García Lorca.

Por Beatriz Ledesma.

Entre los personajes femeninos más relevantes de la obra de Federico García Lorca, como Mariana Pineda, doña Rosita la soltera, la zapatera prodigiosa, las mujeres de la Casa de Bernarda Alba, o la Madre y la Novia en Bodas de sangre, hemos escogido el de Yerma para aproximarnos de su mano al retrato lorquiano de la mujer. Las mujeres de Lorca son, por lo general, personajes de una profundidad psicológica, de una intensidad, de una complejidad y entidad dramática superiores a la de sus personajes masculinos. Lorca retrata en sus obras el carácter, el coraje y el destino de unas mujeres constreñidas por unas tradiciones y circunstancias sociales y personales que las alejan de sus anhelos. Son mujeres que, por una u otra razón, viven en profundo conflicto consigo mismas y con la sociedad que las rodea.

Como es sabido, Yerma es la segunda parte de una trilogía de la tierra española que no llegó a completarse y cuya primera parte es Bodas de sangre. Aunque, como explica Mario Hernández en su edición de Yerma, al parecer la obra fue concebida por Lorca en 1931, y comienza a redactarla en 1933, terminándola a su vuelta de América en 1934. Pero como también advierte Hernández, las primeras ediciones de Yerma no se publican sino hasta 1937-1938.

Ya desde su estreno el 29 de diciembre de 1934 en el Teatro Español de Madrid, Yerma estuvo rodeada de una fuerte politización “que García Lorca al parecer rechazaba”. La prensa conservadora fue muy crítica con la obra -mientras que como señala Hernández en su edición, los críticos más prestigiosos la elogiaron- y la izquierda la celebró con entusiasmo.

En su “Cronología y estreno de Yerma…” Mario Hernández afirma que “la acogida que obtuvo Yerma supuso la polarización de dos posturas extremas, desde el entusiasmo más total hasta la más cerrada repulsa.” Más adelante veremos cómo las diferentes lecturas e interpretaciones sociales y políticas que según Miguel García Posada hicieron unos y otros, condicionaron, o al menos nos permiten entender desde el contexto actual, sus distintos posicionamientos con respecto a la obra.

Lo que nos llama poderosamente la atención de la Yerma de Lorca, por lo que hemos decidido ahondar en su estudio, es precisamente la ambigüedad del personaje, que ha dado lugar a interpretaciones tan equívocas como las que luego expondremos. En Yerma, Lorca retrata a una mujer a su vez oprimida y auto-liberadora, cuya lectura suscita sentimientos y reflexiones encontradas, y es esta ambigüedad la que la convierte en un personaje que nos resulta fascinante.

Miguel de Unamuno en Niebla: Un estudio sobre el autor

Análisis de Miguel de Unamuno en Niebla.

Por Beatriz Ledesma.

Unamuno de Niebla es,  según Armando Zubizarreta,  sólo un personaje ficcional, cuya caracterización combina las preocupaciones reales del filósofo y novelista y los trazos caricaturescos de un autor tradicional, decididamente autoritario, que quiere imponer su voluntad y determinar la vida de los personajes.

En esta misma línea, Mario Valdés se refiere al narrador de Niebla como “ente ficticio y portavoz del autor”. “Detrás de este narrador que se identifica como Unamuno”-dice- “hay por supuesto el autor verdadero que es el hombre histórico Unamuno, pero de éste solamente hay la sombra implícita.”

Así, por ejemplo, en el capítulo XXXI, Augusto Pérez, protagonista de la novela, emprende un viaje a Salamanca para hablar acerca de su propio suicidio con don Miguel de Unamuno, y discute con él acerca de cuál debería ser su suerte. Mario Valdés se refiere a éste Unamuno como “portavoz con nombre del autor”. Además en diferentes ocasiones a lo largo de la novela, “se liga al narrador Unamuno con el hombre Unamuno en Salamanca” (Cap. XXXI) “amigo de los hermanos Machado” (Cap. XVII), “creador de otra novela, Amor y Pedagogía (Cap XIII).

En estas páginas trataremos pues de identificar la “sombra implícita” del “autor verdadero que es el hombre histórico Unamuno”.

 

 

 

Rabindranath Tagore en el Mundo Occidental: ayer, hoy y mañana

Entre las incontables anécdotas que desde hace décadas ilustran la indiscutible influencia de Rabindranath Tagore en el mundo occidental, hay una, sobrecogedora como pocas, reveladora como ninguna otra, no tanto por lo que cuenta, sino por lo que de ella se infiere, que no es otra cosa que el auténtico y más profundo significado del mensaje de Tagore y el poder colosal de la carga simbólica que lo acompaña inevitablemente.

Por Beatriz Ledesma.

La anécdota se remonta a la Primera Guerra Mundial, pero la universalidad y la fuerza y vigencia de su mensaje permanecen intactas a través de los años. La historia, recogida por el dramaturgo alemán Carl Zuckmayer, quien luchó en el frente y había oído el suceso de boca de un sargento del cuerpo médico militar alemán, nos da una idea de la popularidad sin precedentes de la que gozaba el vate bengalí.

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Cuando un soldado indio de un regimiento Gurkha del ejército británico cayó prisionero en manos enemigas y sólo la amputación de una pierna podía salvarle la vida, el cirujano jefe buscó obtener el consentimiento de aquél hombre, o al menos alguna señal de confianza por su parte. Pero ni el soldado indio ni los oficiales médicos alemanes dominaban el inglés, y tampoco el soldado, por supuesto, hablaba alemán. Cuanto más empeño ponían en comunicarse con él, más nervioso se ponía y más se asustaba –habría oído probablemente historias aterradoras acerca del trato dispensado a los prisioneros enemigos.

Finalmente, el facultativo pensó en las únicas palabras indias que conocía. Inclinándose sobre el soldado transpirado le susurró: Rabindranath Tagore! Rabindranath Tagore! Rabindranath Tagore! Tras repetirlo tres veces, el soldado indio pareció comprender. Su cara se relajó, una tímida sonrisa se asomó a sus ojos cerrándolos después. El miedo se había desvanecido y asintió débilmente en señal de aprobación y como muestra de la confianza depositada en los médicos del bando enemigo.

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Todavía hoy el nombre de Rabindranath Tagore es sinónimo de esperanza, de concordia y tolerancia en las a menudo complejas y complicadas relaciones entre Oriente y Occidente. Rabindranath Tagore. La simple mención de su nombre evoca un mundo mejor. Rabindranath Tagore, su vida, su obra, lo que éstas representan, cobran hoy un vigor renovado. Rabindranath Tagore es aún hoy, símbolo de moderación y optimismo frente a la amenaza de los nacionalismos exacerbados y violentos, el consumismo desenfrenado, el menoscabo de los derechos humanos, el deterioro de la naturaleza o la sumisión y maltrato a la mujer o a la infancia.

Este ensayo pretende ser a la postre un humilde homenaje a la figura de Rabindranath Tagore con ocasión del 150 aniversario de su nacimiento. De alguna manera, todo homenaje a Tagore es ante todo un reconocimiento a la mujer, a la importancia de su papel en la sociedad y en el mundo, es pues una reverencia universal a la igualdad de géneros, pero también a la de clases, y es un canto a valores no menos grandiosos como el amor, la paz, la justicia, la libertad, la pureza, el respeto a la naturaleza, el progreso sostenible, la sencillez, la humildad, la sensibilidad o los derechos del hombre y del niño que el humanista se afanó por defender.